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Gestión comercial

El turno que entra no sabe lo que pasó en el anterior

Cinco minutos en la puerta no son un registro. Qué se pierde ahí.

4 min de lectura

Un cliente reclama un jueves a las nueve de la noche. El encargado del turno lo resuelve como puede y le ofrece algo para la próxima visita. Después se va a su casa, y dos horas más tarde entra el turno que sigue. El cliente vuelve el sábado, pide lo que le prometieron y nadie en el local sabe de qué habla.

Lo que se pierde entre un turno y el otro

Son tres cosas, y las tres cuestan plata.

Lo primero son las promesas hechas a un cliente. Son las más caras, porque el cliente sí se acuerda. Cada vez que tiene que explicar de nuevo su caso, el local le confirma que ahí nadie lo conoce.

Lo segundo son las fallas que se repiten. El equipo que se cayó el jueves se vuelve a caer el viernes, y el turno que entra lo trata como si fuera la primera vez. Alguien ya sabía cómo levantarlo, y esa persona estaba durmiendo.

Lo tercero es la explicación de los números raros. La venta del martes bajó y el reporte lo muestra tres semanas después. Para entonces ya nadie se acuerda de que ese día llovió, que faltó un producto o que el sistema estuvo caído dos horas.

Lo que solo está en la cabeza del que se fue no es información. Es suerte.

Por qué contarlo en la puerta no alcanza

Cinco minutos de conversación al cambio de turno funcionan bien casi siempre. Funcionan cuando los dos encargados coinciden, se llevan bien y no hay nadie esperando en el mesón. Dejan de funcionar el día que uno sale antes. También el día que el que entra es el reemplazo y no conoce a los clientes de siempre.

El problema no es la memoria de nadie ni las ganas de nadie. Es que la información depende de dos personas específicas, en el mismo lugar y a la misma hora. Esa es una condición que la operación no controla.

Qué tiene que quedar escrito, y qué no

Acá se cae la mayoría de los intentos. Alguien diseña una planilla de veinte campos, la primera semana se llena entera y a la tercera nadie la mira. Un registro que se llena a medias es peor que ninguno, porque igual se confía en él para decidir.

Lo que pido que quede son cuatro cosas, y ninguna necesita más de una línea.

Primero, qué se le prometió a un cliente y a quién. El nombre, qué se ofreció y quién lo autorizó.

Segundo, qué falló y si sigue fallando, con el nombre de la cosa que falló: el equipo, la caja, el producto que no llegó. No la queja general sobre el sistema.

Tercero, qué no se pudo vender y por qué. Es el dato comercial más barato que produce un local y casi nunca lo recoge nadie.

Cuarto, cómo estuvo el turno, en una línea. Sirve poco el mismo día y sirve harto cuando se leen treinta líneas seguidas a fin de mes.

Si llenarlo toma más de cinco minutos, no se va a llenar. Esa es la restricción de diseño, y manda sobre todo lo que a uno le gustaría saber. Primero se define qué decisión va a tomar alguien con ese registro, y después se define el formato. En ese orden, porque al revés el formulario crece hasta que nadie lo usa.

Entre sucursales el problema cambia de forma

Con un local, lo que se pierde es un día. Con varios, se pierde la misma lección varias veces. Una promoción que se cae el lunes en un local se sigue cayendo toda la semana en los otros. El arreglo que encontró un encargado no llega a los demás.

En una operación de siete propiedades, el mismo problema se resuelve siete veces. Un encargado encuentra cómo hacer que la mecánica funcione con la caja que tiene, y esa solución se queda guardada en su local. Los otros seis siguen peleando con lo mismo, sin saber que alguien ya lo resolvió el martes.

Un grupo de mensajería no arregla esto: se lee una vez, se hunde bajo cuarenta mensajes y no se puede consultar tres semanas después. Sirve para avisar, que es otra cosa que registrar.

Lo que cuesta, dicho con lo que se puede contar

No tengo una cifra propia para ponerle a esto y desconfío de las que circulan. Hay algo que sí se puede contar en cualquier operación, sin comprar nada. Cuántas veces en un mes un cliente tuvo que explicar dos veces el mismo problema.

Ese número no está en ningún reporte y se levanta a mano, preguntando en el mesón durante dos semanas y anotando en una hoja. Casi siempre alcanza para decidir si vale la pena escribir el registro.

El cambio de turno no es un trámite

Se ve como un trámite administrativo y es otra cosa. Es el momento del día en que la operación decide si lo que aprendió se queda o se pierde. Esa decisión se toma dos veces al día y casi nunca la nota nadie.

Un local que entrega el turno sin dejar registro no está ahorrando cinco minutos. Está volviendo a empezar dos veces al día.

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