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Inteligencia artificial

Antes de comprar una IA, escribe la pregunta en una hoja

Casi todos los proyectos de IA que fracasan comparten el mismo origen. No es técnico.

2 min de lectura

He visto la misma escena varias veces. Una empresa mediana contrata una herramienta de inteligencia artificial, la conecta a sus datos, y a los tres meses nadie la abre. La conclusión interna suele ser “la IA no sirve para nosotros”. Casi nunca es eso.

El síntoma

El proyecto arranca desde la herramienta, no desde la pregunta. Alguien vio una demo, le pareció impresionante, y la compra se justificó con una frase amplia: “para tomar mejores decisiones”, “para entender al cliente”, “para automatizar”.

Ninguna de esas frases se puede responder. No porque sean ambiciosas, sino porque no tienen forma de respuesta. Si no sabes cómo se ve la respuesta correcta, no vas a reconocerla cuando llegue.

La prueba de la hoja

Antes de evaluar una sola herramienta, escribe en una hoja:

La pregunta, en una oración que termine en signo de interrogación. No “quiero entender a mis clientes”, sino “¿cuáles de mis clientes que compraron una vez en los últimos doce meses tienen más probabilidad de volver a comprar este trimestre?”.

Qué harías distinto mañana si tuvieras la respuesta. Si la respuesta es “nada, pero sería interesante saberlo”, esa pregunta no justifica el proyecto. Guárdala para después.

Qué datos harían falta y dónde están hoy. No en teoría. En qué sistema, en qué formato, quién los mantiene, y hace cuánto que nadie los revisa.

Esa hoja toma veinte minutos y descarta la mayoría de los proyectos que iban a fracasar. Es el filtro más barato que existe.

Por qué el tercer punto suele ser el que duele

Casi siempre, el ejercicio se cae en los datos. La pregunta es buena, la acción es clara, y resulta que la información necesaria está repartida entre el ERP, una planilla que mantiene una persona, y la memoria de alguien de operaciones.

Eso no es un fracaso del ejercicio. Es su resultado más útil. Descubriste que el proyecto real no era comprar una IA: era ordenar tres fuentes de datos. Ese trabajo es menos vistoso y es el que hace posible todo lo demás.

La herramienta viene al final

Cuando la pregunta está escrita, la acción está definida y los datos están ubicados, elegir la herramienta se vuelve casi trivial. Muchas veces ni siquiera hace falta un modelo: una consulta bien hecha sobre datos ordenados responde la pregunta y cuesta una fracción.

Y cuando sí hace falta un modelo, ya sabes exactamente qué le vas a pedir y cómo vas a saber si lo hizo bien. Que es, al final, la única forma de que un proyecto de IA no termine siendo una suscripción que nadie abre.

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